
Jaime de Andrade nos lleva una vez más al Freistaat de Baviera, reserva estética y moral de la República Federal. En esta entrega de Arbiter Elegantiae: Anton Wolfgang, Conde de Faber-Castell.
Todo el que haya sido niño recordará los lápices de su infancia. Los niños menos afortunados tenían horripilantes lápices Alpino o los serios y aburridos Staedtler. Más carismáticos y atractivos, en cambio, eran los suizos Caran D’Ache. Y ya en la cúspide, los lápices de la casa Graf von Faber-Castell. Todavía recuerdo con escalofríos la prueba de dibujo técnico en el liceo, aprobada sólo por influencias extraacadémicas, que afronté munido con un hermosísimo lápiz Faber-Castell, recubierto con pequeños engarzes en goma.
Casa fundada en 1761, y por tanto superviviente a la revolución liberal del 48, la República de Weimar, la República de los soviets de Múnich, el Tercer Reich o la Ley Fundamental de 1949, entre los muchos horrores que han atenazado al Freistaat bávaro en los últimos 250 años, Graf von Faber-Castell es dirigida desde 1977 por Anton Wolfgang, octavo Conde de Faber-Castell (Bamberg 1941).

Destaca su querencia por excelentes trajes cruzados en discretas rayas diplomáticas, combinados con camisas de puño doble con club collars alzados, en ocasiones incluso fijados con alfiler. Un estilo anacrónico, que podría parecer afectado o incluso provocador, de no ser por el carisma y panache de Anton Wolfgang, al que sin duda contribuye esa fabulosa melena – reminiscente a la del ahora caído en desgracia Dominique de Villepin.
Pero donde a mi entender realmente brilla el Conde es en su uso magistral de los complementos. Empezemos por las corbatas. Anton Wolfgang se toca con extraordinarias corbatas con motivos pequeños y abigarrados. ¿Error? Al contrario. A excepción de las corbatas en franjas regimentales, el buen gusto, especialmente para hombres entrados en años, dicta corbatas con motivos pequeños, en tonos oscuros y que se perciban de forma distinta a corta y media distancia. Pequeños rombos, cuadros complejos, las cadenas entrelazadas à la Hermès o paisleys: un sendero del estilo perfectamente legítimo para el hombre maduro y conservador, y no los horrores de las multirayas no regimentales que nos asaltan a diario.

La segunda lección que podemos aprender de Anton Wolfgang von Faber-Castell es cómo llevar el pañuelo de bolsillo. Este imprescindible complemento a menudo se lleva con perniciosa afectación. Por contra, Anton Wolfgang lo lleva de forma casual, casi desordenada, con esa indiferencia de aquel que se viste, que no disfraza; en suma, de aquel que ha devenido uno con su estilo.

Tras una juventud cosmopolita en el departamento de inversión de Crédit Suisse, Anton Wolfgang von Faber-Castell es hoy un empresario y aristócrata apegado al terruño, a Baviera. De ahí que los toques británicos de su indumentaria, como esos peculiares club collars alzados, se combinen con los elementos idiosincráticos del vestir bávaro-austriaco, como el loden o los apliques en fieltro. Veamos, si no, una última foto, de enorme poder ilustrativo por vía de comparación: Anton Wolfgang con un magnífico abrigo de caza, frente a un sacerdote de peinado posconciliar.

Anton Wolfgang von Faber-Castell nos recuerda que sólo hay un modelo a seguir: la Tradición.
(En la próxima entrega de Arbiter Elegantiae: S.A.R Felipe de Borbón y Grecia)
Comments (5)
pelazo.
Cercano a la obra maestra.
Baviera debería ser parte de Austria.
Pero llevar la estilográfica en el bolsillo del pañuelo (como vemos en la fotografía de formato cuadrado y fondo de color mantequilla clarificada) me parece un poco cutre. Se lleva dentro.
España debería ser parte de Austria.
Culpa de eso a Carlos V.
El muy capullo renuncio al archiducado de Austria.